La Edad Media de la península Ibérica tuvo, tras la invasión musulmana del año 711, una característica que la distingue del resto de Europa: se trató de un espacio de tiempo muy prolongado  en el que coexistieron dos civilziaciones, la musulmana y la cristiana. Esta coexistencia finailizó con la conquista de Granada por los reyes católicos en 1492.

 

El río Duero fue, durante mucho tiempo, aproximadamente entre el siglo VIII y el XI, la gran frontera natural que separó a los reinos cristianos de Al Ándalus.

 

Dos espléndidas manifestaciones de ese carácter dual de la Edad Media de la península Ibérica se encuentra representada por los castillos de Gormaz y de Berlanga de Duero.

 

El castillo de Gormaz pertenece a la época del califato de Córdoba (929-1031), la época más brillante del dominio musilmán de buena parte de la península.

 

El Castillo de Berlanga, dada su estratégica posición en la línea del Duero, pasó varias veces de manos, de los musulmanes a los cristianos, y viceversa. En su aspecto actual representa el modelo de castillo cristiano posterior a la reconquista, de los siglos XV-XVI.

 

Nuestra visita a estos castillos nos permitirá aproximarnos a esa realidad dual. Nosotros deberemos construir un pequeño guión, una historia que vincule a los dos castillos. Podremos relatarla a través de un reportaje o representarla a través de un breve vídeo, para lo que deberemos apoyarnos en los elementos de atrezzo más adecuados.

 

Nos pueden servir de inspiración los romances en los que protagonistas son cristianos y moras o crsitianas cautivas

ROMANCE DELA MORA CAUTIVA

 

En los montes más oscuros

que tiene la morería

lavaba una mora guapa,

lavaba una mora linda.

 

Lavaba su linda ropa

tendía en las alegrías

y vio en ella un caballero

que estas palabras decía:

 

Apártate, mora
guapa,

apártate, mora
linda,

que va a beber mi caballo

agua clara y cristalina.

 

No soy mora, caballero,

que soy cristiana cautiva:

me cautivaron los moros

el día de Pascua Florida

en el jardín de mi casa

jugando con mis amigas

y de nombre me pusieron

Blancaflor de Alejandría.

 

¿Te quieres venir conmigo

a los montes de la
Oliva?

 

Y mi ropa, caballero,

¿dónde yo la metería?

 

La de hilo y la de holanda

en mi caballo vendría

y la demás, inferior,

río abajo la echaría.

 

Y mi honra, caballero,

¿dónde yo la metería?

 

En la punta de mi espada

y en el corazón metida.

 

Al subir aquellos montes,

la mora llora y sufría.

 

¿Por qué lloras, mora guapa?

¿Por qué lloras, mora linda?

 

Lloro porque en estos montes

 

 

mi padre a cazar venía

y a mi hermano Bernabé

de compañero traía.

 

¿Y qué oigo, madre santa?

¿Y qué oigo, madre mía?

 

Creyendo traer esposa,

traigo a mi hermana cautiva.

Abra usted la puerta, madre,

balcones y galerías,

que aquí le traigo a su hija,

la que usted tanto quería,

la que le quitaba el sueño

de noche y también de día.