Absolutismo

  1. EL
    ABSOLUTISMO FRANCÉS

 

La soberanía es el poder absoluto y perpetuo de
la República (...). La soberanía no es limitada, ni en poder, ni en
responsabilidad, ni en tiempo (...). es necesario que quienes son soberanos no
estén de ningún modo sometidos al imperio de otro y puedan dar ley a los
súbditos y anular o enmendar las leyes inútiles (...). Dado que, después de
Dios, nada hay mayor sobre la tierra que los príncipes soberanos, instituidos
per Él como sus lugartenientes para mandar a los demás hombres, es preciso
prestar atención a su condición para, así, respetar y reverenciar su majestad
con la sumisión debida, y pensar y hablar de ellos dignamente, ya que quien
menosprecia a su príncipe soberano menosprecia a Dios, del cual es su imagen
sobre la tierra.”

Jean Bodin. Los seis libros de la
República. 1576.

 

Dios estableció a los reyes como sus ministros y  reina a través de ellos sobre los pueblos (...)

Los príncipes actúan como los ministros de Dios y sus lugartenientes en la
tierra. Por medio de ellos Dios ejercita su imperio. Por ello el trono real no
es el trono de un hombre sino el de Dios mismo.Se desprende de todo ello que la
persona del rey es sagrada y que atentar contra ella es un sacrilegio.”

Bossuet. La política según las Sagradas
Escrituras. Libro III.

Es sólo en mi persona donde reside el poder
soberano, cuyo carácter propio es el espíritu de consejo, de justicia y de
razón; es a mí a quien deben mis cortesanos su existencia y su autoridad; la
plenitud de su autoridad que ellos no ejercen más que en mi nombre reside
siempre en mí y no puede volverse nunca contra mí; sólo a mí pertenece el poder
legislativo sin dependencia y sin división; es por mi autoridad que los
oficiales de mi Corte proceden no a la formación, sino al registro, a la
publicación y a la ejecución de la ley; el orden público emana de mí, y los
derechos y los intereses de la Nación, de los que se suele hacer un cuerpo
separado del Monarca, están unidos necesariamente al mío y no descansan más que
en mis manos."

Discurso de Luis XV al Parlamento de
París el 3 de marzo de 1766.